Alfabetizar éticamente no es una disciplina más. Epistemológicamente se constituye como un campo interdisciplinar de cruce de ética, lógica, derecho, política, psicología, antropología y otras disciplinas. Este enfoque concibe la Educación como una práctica histórico-social para una socialización para la autonomía moral, la participación ciudadana y el cuidado del otro. Una experiencia intersubjetiva fundante de pensamiento crítico, compromiso con la equidad y la responsabilidad comunitaria.

El ser humano está regido por una red de premisas que condicionan su forma de pensar, sentir y actuar,  que independientemente de su verdad o falsedad últimas, se convierten parcialmente en autovalidantes para él: es lo que vulgarmente se llama filosofía de vida o moral.

Esta perspectiva propone una apertura o facilitación para la autoreflexión crítica de esos paradigmas propios, constituidos en unidad compleja por creencias, saberes, propósitos, preferencias y deseos, que involucran todas las esferas de la persona.

El aprendizaje de esta apertura, puede favorecerse u obturarse según opciones socioeducativas. Aprender con otros, contrastando puntos de vista y sentidos de vida, es lo que lo puede favorecer. Correspondería a lo que llamamos  problematización ética.

Curricularmente, requiere una organización transversal, pues necesita abarcar contenidos educativos que incluyen no sólo conceptos sino también procedimientos y actitudes; involucra las prácticas institucionales (curriculum oculto, proyecto institucional) y los proyectos educativos de las comunidades educativas concretas. Requiere también una democratización institucional, de modo de replantear una relación pedagógica que posibilite una mayor conexión con la subjetividad de los que aprenden y de los que enseñan.

Enseñar a convivir es:

  • reconocer que las interacciones con los otros están pautadas, reguladas, normadas, culturalmente. Ese reconocimiento es lo que llamamos respeto.
  • enseñar a saber qué hacer con el deseo y qué hacer con el poder.
  • coadyuvar a la coherencia entre sentir, pensar y actuar.
  • enseñar la creatividad para recibir con naturalidad que el desafío de los cambios puede tomar para cada uno múltiples derroteros.

La convivencia es una categoría ética y una categoría política, puesto que entraña el empoderamiento de actores comprometidos con la transformación social y de sus propias vidas. No se trata meramente de una cuestión de socialización del deseo, de “sublimación de instintos primarios”, ni tampoco de mera adaptación al orden social dado. En cada persona el disciplinamiento social y la madurez individual entran en una interacción fructificante, creativa y única.

La ética y la política son históricas y por tanto abiertas a nuevas significaciones. No se trata de una instrucción, sino de una formación para que sobrevenga el deseo de cuestionarse. Se trata de formar una conciencia de relación con el otro ―con el colectivo― en el registro de lo social y lo político.

Lo antedicho tiene consecuencias para la formación de formadores: es ineludible la necesidad de una congruencia o paralelismo en las formas y métodos que se adopten durante el trayecto de formación del formador y lo que luego será el ejercicio concreto de su rol. La experiencia intersubjetiva a la que hemos hecho referencia, debería ser posibilitada, promovida y ejercida en el propio trayecto de formación docente y en el seno de sus instituciones.

Se agradece a Silvia Zweifel su lectura informada para la edición de este artículo.