La figura del especialista y las especializaciones científicas son un producto de la Modernidad, de la revolución epistemológica que  trastocó los cimientos de la ciencia medieval y sentó las bases de un nuevo paradigma de lo “científico”. A partir del siglo XIX y con desarrollos particulares según las grandes áreas de conocimiento, el saber científico se expandió, se diversificó y especializó. Hoy convivimos con una ciencia hiperespecializada que, desde lo específico, busca dar respuestas fundamentadas y validadas a los procesos y hechos del mundo natural y del mundo social. En efecto, hoy se habla de “especialistas” en el seno de una misma disciplina más que de científicos, superando aquella concepción del científico como aquel individuo que podía acreditar cierta  la preparación académica para la investigación y la producción de saberes validados teórica y empíricamente. Sin embargo, junto a este proceso cultural que consiste en el desarrollo de las especialidades, resultado indudable de la evolución del conocimiento y la práctica científica, tiene lugar un fenómeno paradojalmente contrapuesto: los “especialistas” con frecuencia, poseen una ignorancia no desestimable respecto de todo aquello que concierne a las áreas en las que no es especialista. Esto es, el desarrollo del conocimiento puede conducir a grandes zonas de ignorancia y el especialista puede ser un gran conocedor de casi nada y un ignorante de casi todo. Especialmente profundo es el abismo que separa las ciencias sociales y las humanidades de las ciencias naturales, técnicas y médicas.

Diversificación extrema y atomización en un mundo signado por los procesos ligados a la globalización. Singular y peligrosa contradicción, clara expresión de la fractura introducida en la cultura contemporánea en dos territorios distantes: ciencias a un lado y humanidades a otro. El resultado de esa escisión es el empobrecimiento que experimentan los campos situados en uno y otro lado de la brecha.

Este panorama exige una revisión crítica, una mirada reflexiva, centrada en el hombre, en su pertenencia cultural y en sus valores. Es necesario atender a la dimensión ontológica y cultural del hombre y conectar las ciencias con su anclaje socio-histórico y socio-cultural cada vez que se analice y discuta el estado actual de la producción científico-tecnológica. Particularmente, deben tenerse en cuenta tales aspectos al tratar críticamente los fundamentos y finalidades de esa permanente y voraz demanda y exigencia de capacitación que somete tanto a los profesionales como a los mismos científicos de carrera, el actual paradigma posmoderno de la ciencia.

Sin embargo, el éxito de esa empresa dependerá en gran medida del punto de partida del cual se parta para entender la ciencia y la tecnología. De hecho si por ciencia entendemos un conocimiento probado, expresado en leyes inmutables y trasmitidas en un lenguaje plagado de tecnicismos incomprensibles más allá de una restringidísima comunidad de lectores, la exploración y la construcción el desarollo de una concepción humanística de la ciencia, de sus praxis y sus resultados quedan truncadas. Por ello, es menester tener conciencia de que la ciencia y la tecnología son, ante todo, procesos sociales, insertos en el devenir histórico y, consecuentemente, cobran sentido y significatividad sólo si se contempla esta articulación. Sin dudas, esta reflexión resulta de vital importancia en el marco de la llamada “sociedad del conocimiento”. Ahora bien,  ¿por qué afirmamos que esta reflexión debe instalarse en el seno de la sociedad entera y no acotarse al ámbito específico de debate de los científicos y filósofos de la ciencia? Porque la ciencia y la tecnología no actúan en un vacío social y aunque sepamos que éstas no garantizan el progreso social debemos evitar la ingenuidad de suponerlas “objetivas” o “neutrales”; no podemos pensarlas esencialmente verdaderas y benefactoras en sí mismas al margen de las actuaciones de los hombres y sus conductas políticas y morales. Y este es punto polémico.

Hay toda una concepción que podríamos llamar “tradicional” y que encuentra sus referentes principales en la tradición del Positivismo y el Empirismo lógico y también en el Criticismo popperiano que insiste en disociar la ciencia y sus metas sociales. Según esa concepción la discusión sobre la racionalidad científica debe limitarse a su capacidad de producir conocimiento objetivo, verdad. El efecto social benefactor de ello es una consecuencia de la actuación racional. Los supuestos de esta visión, en lo que respecta  a su prescripción metodológica fundamental es la separación del ámbito intelectual respecto de los factores psicológicos, sociológicos, económicos, políticos, morales e ideológicos que signan el contexto en el cual se produce conocimiento científico. Así se separan problemas, incumbencias y fines. La racionalidad, los estándares científicos -se argumenta- tienen que ver exclusivamente con la evaluación de las pretensiones de conocimientos, la evaluación de los resultados con respecto a la verdad, y su adecuación con relación a los hechos.

Sin embargo, esta disociación entre conocimiento y valores sociales no parece muy oportuna a la luz de los usos diversos, a veces antihumanos, que tiene los productos de la praxis científica sobre el  la realidad social. Seamos concientes que la aprobación de proyectos de investigación, la definición de prioridades en ciencia y tecnología, los ejes de las acciones de capacitación son procesos profundamente mediatizados por ciertos valores asumidos y generalizados como “naturales”, gestados en ciertos espacios de dominación. Ante esto ¿por qué no parece concebir  las metas sociales como componentes intrínsecos a los procesos de conocimiento y las matrices (proyectos, programas, políticas de investigación) que las definen?

La ciencia avanza a través de la construcción de consensos comunitarios. La naturaleza, la realidad nos proporciona respuestas, hechos, a las preguntas que le formulamos a través de experimentos y observaciones. Pero son los investigadores y otros profesionales los que interpretan, evalúan y adoptan conclusiones respecto a esa información. Y ello depende del equipamiento disponible, los marcos teóricos utilizados, la sagacidad interpretativa de las personas y colectivos que evalúan los resultados, entre muchos otros factores. En la medida en que la ciencia es una empresa colectiva, la construcción de consensos, a través del debate, la polémica y las controversias, se convierte en un asunto de suma importancia.

A este respecto una vertiente actual del pensamiento epistemológico remarca el papel que desempeñan “los grupos de referencia”, es decir las personas que por razones intelectuales o de posición social son percibidas como “voces de autoridad” y en consecuencia, plantea la necesidad de prestar atención a los procedimientos de selección realmente usados para evaluar los méritos intelectuales de cada nuevo concepto y de relacionar estos procedimientos  con las actividades de los hombres que forman, por el momento, el grupo de referencia autorizado de la profesión implicada. En otras palabras, el movimiento del conocimiento, la acreditación de la verdad debe ser relacionada con los marcos institucionales donde se produce; en efecto, el conocimiento no es producido por individuos que perciben pasivamente, sino por grupos sociales interactuantes comprometidos en actividades particulares y, además, es evaluado comunalmente y no por juicios individuales aislados. Por ende, la producción científica y sus demandas sólo cobran inteligibilidad en relación al contexto social y cultural en el cual surgen. Esto nos conduce a la consideración de la íntima imbricación que existe entre el “saber” y el “poder”; el mantenimiento de ciertas prioridades, líneas de investigación, ejes de capacitación, etc. no es sólo remiten a una conexión con la realidad sino, fundamentalmente, a aquella vinculación que relaciona la ciencia con los objetivos e intereses de particulares sectores sociales.

No existe teoría de la ciencia desvinculada de una teoría de la sociedad. Si se concibe a la sociedad como un sistema pluridimensional donde cada fenómeno, la producción, praxis y demandas de la ciencia cobran sentido exclusivamente en función de la totalidad. Desde esta perspectiva, el conocimiento aparece como una función de la existencia humana única; función de la actividad social desenvuelta por hombres que contraen relaciones objetivamente condicionadas, las que asimismo condicionan la producción y orientación social de la ciencia. Las relaciones ciencia-sociedad no son instancias que interactúan a distancia  sino auténticas relaciones de constitución.

Como lo hemos señalado los conocimientos no están en la realidad, los construye el hombre; pero no el hombre aislado y ahistórico sino el hombre en comunidad, el hombre en sociedad. Así las cosas, el proceso de conocimiento puede ser concebido como un proceso de construcción social de conocimientos, que supone un diálogo, una relación de doble tráfico, entre razón y experiencia, entre teoría y empiria. Esta formulación subraya la complejidad epistemológica, sociológica, ética, inherente al proceso de conocimiento. No hay fundamentos indudables, instancias últimas inapelables para argumentar la verdad de un conocimiento; ni el sujeto implicado en su construcción practica una racionalidad “vaciada” de contenido cultural, axiológico, de preconcepciones y prejuicios. La subjetividad -no el subjetivismo- es algo inherente a la praxis científica.

Lo expresado se comprende a la luz de la noción de estado como una totalidad que, como tal impone reglas –entre ellas la de  aceptar la reflexividad del sujeto-  y que constituye el soporte que respalda y sustenta la “libertad” de acción de los científicos, en tanto éstos conforman la comunidad de los especialistas en el ejercicio de la reflexividad. En la actualidad, la ciencia se perfila como una nueva macrosemiótica en tanto invade con un metalenguaje pleno de especificaciones conceptuales y cánones de validación, todos los procesos semióticos. Los textos científicos como dispositivos simbólicos y materiales reflejan tanto el alto desarrollo de la especificidad metodológica como el concomitante nivel de convencionalidad existente en el seno de estos sistemas sociales. Los criterios de relevancia, los presupuestos teóricos, y las mismas operaciones que los científicos aplican a los objetos de las experiencias están relacionados entre sí, pues son productos de la praxis. En efecto, el conjunto de creencias, los contextos institucionales y técnicos, la experiencia social, con sus atravesamientos económicos y políticos, constituyen el marco general del proceso de investigación, la dimensión pragmática desde donde se extraen los criterios de relevancia con los cuales se visualizan objetos, problemas, hipótesis, formas legítimas de descripción, etc. Este conjunto de hechos y procesos  definen las condiciones de realización proveen la materia prima y los medios para el proceso científico.

El planteo implica un desafío: asumir la responsabilidad de ser conscientes de lo que subyace; descubrir el “revés de la trama” y actuar en consecuencia ¿Qué significa esto? Pues no conformarse con plantearse metas cognitivas sino tratar de enlazarlas con las de carácter social y humano. La selección de problemas y las estrategias para resolverlos deben tener en cuenta los intereses humanos más amplios. El planteamiento de fines a la ciencia no cabe en la sola idea de “la búsqueda de la verdad”. También hay que buscar el bienestar humano. Dicho esto cabe pensar que la capacidad científica (que supone cierto grado de autonomía) consiste en la capacidad de recepcionar, difundir, extender, transformar, aplicar conocimientos y todo ello, según el criterio que hemos seguido hasta aquí teniendo como prioridad las demandas y necesidades sociales.

 

En la actualidad es absolutamente necesario un enfoque total y complejo de la ciencia. Por relevantes que sean determinados conocimientos científicos, no son ellos los que determinan el nivel del potencial científico, ni el abastecimiento científico de las fuerzas productivas. El débil desarrollo de algunas ramas de la ciencia se advierte en la poca atención que se brinda a la aplicación de los conocimientos científicos a la solución de problemas sociales de cualquier país, especialmente de los llamados subdesarrollados, en la toma de decisiones poco fundamentadas y en falta de armonía en las interrelaciones entre el hombre y la naturaleza. En efecto, el desarrollo proporcional de la ciencia no debe excluir sino llevar a primer plano los problemas que dependen del desarrollo exitoso de la economía, la cultura y la ciencia misma. Vale decir, lo “científico” debe entenderse en función de la existencia de problemas que deben resolverse. Asimismo, de cara a los problemas científicos generales, que surgen en las fronteras entre el conocimiento social y científico-técnico, se necesita un pensamiento sistémico e integrador de la producción científica; un enfoque que supere segmentos estancos y coordine el estilo de pensamiento de los científicos en su conjunto, con el de los representantes y dirigentes de los grupos de poder.

 

 

Valeria Marina ELIZALDE

Dra. en Historia

Santa Rosa, La Pampa (2004)

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