Where is the Knowledge we have lost with information?
Where is the wisdom we have lost with knowledge?

T.S. Eliot

 

La relación del individuo con la sociedad se halla en rápida evolución en todas las culturas. El cambio tecnológico y las transformacio nes económicas, demográficas y sociales resultantes tienden a disminuir rápidament la importancia del individuo en la sociedad, salvo si logra integrarse en ella de una manera no puramente numérica o estadística. Es oportuno profundizar las causas y las consecuencias probables de este cambio.

El individuo en las sociedades del pasado

En las sociedades prehistóricas o también arcaicas contemporáneas, todo individuo era personalmente importante. Cada cual era repositorio viviente de una parte significativa de la cultura del grupo, ya fueran técnicas de caza o artesanales (alfarería, cestería, herrería, etc.), los conocimientos botánicos prácticos, curanderismo, hechicería u otros. La desaparición prematura de un solo indiv iduo portador exclusivo de algún saber específico podía ser una catástrofe para la olectividad. Aún en el siglo XIV, después de la Peste Negra, fue necesario “importar” de otras regiones o de países extranjeros artesanos especializados porque la epidemia se había llevado a la totalidad de los poseedores de alguna técnica. Una de las consecuencias más extrañas de la Peste fue el aumento considerable de los sueldos de los artesanos especializados sobrevivientes.

Por otra parte, en las sociedades arcaicas y también en las sociedades históricas preindustriales, cada individuo era parte de una célula social amplia, que tenía una dimensión cultural e histórica. La familia tradicio nal occidental por ejemplo, deriva generalmente de alguna forma clánica (del Gaélico:“clann” que significa “hijos” e implica parentela). Se la puede reconocer a través de toda la historia del mundo occidental y generalmente en todas partes. Los clanes han tenido una importancia determinante para la vida cotidiana de los individuos en todas las épocas. Les daban una ubicación definida en un grupo definido. Su situaci ón personal era función no sólo de su sexo, sino también de su posición relativa de parentesco (por ejemplo, ser o no ser primogénito, o tío materno). Esta situación podía cambiar pero sólo hasta cierto punto con la edad y la composición general del clan. Cada ubicación precisa tenía el sentido de un rol social con un conjunto de deberes y derechos muy definidos en relación con los otros integrantes del clan y con los miembros de otros clanes. En resumen, el individuo sabía quien era y lo que podía o debía hacer y sus parientes y vecinos también lo sabían. Todavía hoy no ha desaparecido del todo este modo de vida, del que persisten sobrevivencias por ejemplo en las islas griegas, en Cerdeña o en Escocia, para no hablar de Asia o Africa.

No sólo el sistema definía la posición de los indiv iduos sino que fue determinante en buena parte de la historia antigua. El rol de los clanes -o gens- en la historia de las

ciudades griegas y de Roma ha sido descripto con toda claridad por Fustel de Coulanges en “La Cité Antique”.

Nadie podía esperar sobresalir políticamente en Roma si no era miembro de una gens importante. Esta situación perduró hasta las p rimeras décadas del Imperio y dejó de tener vigencia únicamente con la aparición de fuerzas nuevas como los pretorianos, los libertos y los cristianos.

Valores y normas en los sistemas sociales tradicionales

Cabe preguntarse cómo este modo de vida se impuso y se mantuvo y cuál era la fuerza cohesiva que lo sostuvo durante milenios. El tema no ha sido muy estudiado y toda hipótesis puede apenas ser tentativa.

La necesidad básica de toda comunidad humana para segurar su sobrevivencia es la solidaridad. Cuanto más reducido numéricamente el grupo, másecesitan cohesión. La protección mutua parece ser el origen básico de la socialidad y como tal sus raíces se hunden probablemente en los comportamientos sociales que se observan en los antropoides superiores, sino en formas vivientes aún mucho más arcaicas. El grito o la mímica de alerta advirtiendo algún peligro contiene en germen toda la semiótica y lo que representa, o sea motivaciones positivas o negativas generadoras de comportamientos útiles para una comunidad (aunque a veces sacrificatorios para algunos individuos).

La filiación hacia sistemas de valores y de normas es obvia. El contenido de los sistemas de normas es un conjunto de pautas de comportamiento que van de lo imperativamente exigido hasta lo terminantemente prohibido. Pero, en todas partes la ley no escrita ha precedido a los códigos redactado s y también en todas partes lo sagrado parece haber surgido de lo visceral para dar a las normas de comportamiento un poder mágico-mítico mucho más eficiente que cualquier capcidad de razonamiento.

Las sociedades aún muy arcaicas, han creado espontáneamente sistemas de valores con mitos y rituales porque los necesitaban para la correcta implantación de los individuos y su satisfactorio adiestramiento. No ha sido nunca un proceso consciente, sino más bien un fenómeno colectivo e inter-reactivo de auto-reproducción grupal.

La disolución de las sociedades tradicionales

En el marco de un escueto sobrevuelo del tema, no es posible estudiar los estados intermediarios que llevan de la sociedad arcaica a nuestras sociedades altamente integradas en un sentido organizacional, pero en vías de rápida desintegración como comunidades humanas.

Pero el proceso es claramente visible en nuestra época. Es seguramente un resultado de la tecnificación rápida que conoce el mundo. La sociedad debe responder cada vez más a los imperativos de funcionamiento impuestos por la técnica y sus formas de organización se amoldan progresivamente a esta n ecesidad. Cada uno de nosotros se somete por ejemplo al sistema de semáforos de tránsito, no porque es moral sino porque es necesario para evitar una parálisis completa dela circulación. Ni los hechiceros, ni los libros sagrados tienen respuesta para esta clase de necesidades.

Los individuos se ven sometidos a la presión de est a transformación de muchas maneras como por ejemplo, migraciones masivas, múltiples desplazamientos, adhesión

a organizaciones profesionales, orientación de las pautas de consumo, hipertrofia de la información y presión de los mass-media, necesidad creciente de reciclaje profesional, masificación del ocio, destrucción de los lazos clánicos o familiares, etc.

La gigantesca explosión demográfica reduce hasta lo ínfimo la importancia de cualquier individuo. Ser uno entre 50 millones no tiene nada que ver con ser uno en un pequeño grupo social de algunos cientos. La triste verdad es que el 999/1000 de nosotros somos rápida y totalmente prescindibles, muertos o vivos, cuando la sociedad lo determina, por causas (no digamos ni motivos, ni razones) que ni siquiera podemos entender en muchos casos.

El resultado global es que cientos de millones de individuos se hunden poco a poco en la anomia, el anonimato, el descreimiento, la confusión e incluso la psicopatología. Se transforman en átomos sociales esconectados que vagan indefensos y sometidos a los incoherentes vaivenes de sociedades tan complejas que ya no se encuentran timoneles humanos que las entiendan y las sepan gobernar (pese a sus declamativas pretensiones).

Una circunstancia agravante es que las transformaciones de las sociedades, lejos de pararse al cabo de algunos lustros, se aceleran sin cesar y se tornan siempre más imprevisibles.

En el pasado un aspecto muy significativo de la vida humana era que el aprendizaje y la educación recibidos en la juventud servían a nuestros antepasados durante toda la vida y que, llegados a la situación de sabios ancianos, los podían transmitir como un preciado legado a las nuevas generaciones.

Hoy día, la experiencia de los ancianos ya no es tenida en cuenta y en muchos casos se los envía a terminar tristemente su vida en lugares donde no molesten. La desintegración social, por consiguiente, se da tamb ién en la dimensión temporal, transgeneracional.

No cabe la menor duda que todo ello conforma un cuadro alarmante y todo parece indicar que las cosas podrían empeorar, en lugar de mejorar.

Cabe entonces hacerse algunas preguntas cruciales como:

¿Hacia dónde irán nuestras sociedades si prosiguen las tendencias actuales? ¿Podemos hacer algo para remediar un estado de cosas que nos parece

calamitoso?

La mega-sociedad y nosotros

Existen serias razones de pensar que el explosivo crecimiento de la especie humana en los dos últimos siglos es un episodio transitorio. Si no lo fuera la humanidad destruiría en pocos siglos el entorno del que depende para su sobrevivencia a largo plazo.

Sin embargo, aún en caso de producirse una vuelta a la estabilidad dinámica, no podrá ocurrir antes de dos o tres generaciones y encondiciones muy diferentes de las actuales (mundialización, relativa igualdad de las culturas y de los niveles de vida, etc.). Ello significa que hasta los actuales niños tendránque vivir toda su vida en un interminable y caótico vendaval histórico.

Por otra parte, la manera en que se produciría una futura y lejana estabilización y las formas de organización que tomarán las sociedades de siglo XXII dependerán mucho de lo que harán las tres próximas generaciones. Pueden por ejemplo someterse a

un proceso de progresiva estadarización y automatiz ación social que llevaría a la instauración de sociedades cuya única lógica sería la autoperpetuación, aún a costa de la felicidad o simplemente de la dignidad de los ciudadanos. Del totalitarismo a la burocracia y de la propaganda a la uniformización m ecanizada de los comportamientos, los síntomas de tal posible “desarrollo” no escasea n en nuestros días.

Pero quizás es posible evitarlo.

El problema contemporáneo de la relación del individuo con su sociedad es que esta última creció mientras que sus componentes se achicaban. Si bien los individuos dominan técnicas a veces muy complejas- con el riesgo de transformarse en simples piezas de sistemas sociedades-máquinas – están perdiendo todo verdadero y profundo conocimiento personal de las cosas y ya no pueden alcanzar ninguna sabiduría. Como se dice corrientemente, están deshumanizándose. Por tees camino sería difícil no llegar a la sociedad automática que, con la eventual ayuda de una auténtica inteligencia artificial llegaría quizás a perseguir objetivos meta-humanos .

La única salida alterna parece residir en la toma de conciencia por parte de cada individuo de sus roles actuales o potenciales y de la evolución de los mismos en una sociedad en transformación. Los sistemas tradiciona les de valores y de normas se han corroído irremediablemente, es cierto. Pero ello no implica que el hombre pueda vivir sin valores y normas en consonancia con su sociedad.

Sin embargo, visto que no se puede ya heredarlas o conservarlas en la forma en que le fueron transmitidas por instrucción y educac ión tradicional, se deben adquirir de otra manera.

Quizás la rebeldía juvenil nos da una indicación. Los comportamientos de sus mayores parecen frecuentemente incomprensibles, absurdos, hipócritas o deshonestos a los jóvenes. No admite fácilmente la tendencia por parte de los adultos a tratar de adaptarse como mejor puedan a los sobresaltos de una sociedad en mutación y a terminar elevando al rango de valores a la indefinición y la “viveza”, usando como normas la obediencia ciega y la adaptación oportuni sta. Sin embargo, estos adultos no han hecho más que tratar de sobrevivir y muchos deellos fueron también, al principio, adolescentes idealistas y críticos. Les pasó que no supieron cómo rehacerse de un sistema de valores y normas, a la vez adaptado al cambio, y de sentido humano positivo.

Sólo a través de un esfuerzo de entendimiento permanente el individuo puede quizás llegar a asumir una responsabilidad activa, respondiendo al cambio por la creatividad.

Los mayores ya no están más en condición de ser absolutos maestros de conducta. Lo que se aguarda de ellos es brindar testimonio de las experiencias que hicieron – muchas veces muy a su pesar- , de las reacciones que tuvieron, y de los resultados conseguidos, buenos ó malos.

Ni valores, ni normas pueden ser ya códigos rígidos , impuestos por imprinting psico-social. Cada individuo debe poder reconsiderarlos en función de sus experiencias, para recuperarlos en sus propios términos, a fin de evitar caer en fanatismos destructores, apatía aniquilante y oportunismos mecanizadores.

Cada individuo debería atravesar esa suerte de iniciación psico-social para poder asumir sus roles cambiantes y conquistar su propia personalidad, para evitar transformarse en autómata social. Los que lo logren ingresarán en el colectivo social de ayudar a los otros a franquear este umbral crítico de la conciencia personal.

Bibliografía
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